(Federico Vaccarezza) Es imperioso superar los ciclos de sustitución y apertura, mediante un modelo económico basado en un Estado activo e inversor en la capacidad industrial y exportadora del país.

Desde 1974 hasta la actualidad, nuestro país ha atravesado un declive incesante e ininterrumpido de su base de poder material y de su proyección en el sistema internacional. Su consecuencia fueron una serie de crisis económicas y financieras recurrentes que signaron este período de nuestra historia, marcado por ciclos de endeudamiento externo descontrolados, alternados con cesaciones de pagos internacionales, devaluaciones abruptas y ciclos inflacionarios. 

Estas crisis económicas se han combinado con crisis políticas en las que nuestro país pasa alternadamente de gobiernos neoliberales a otros de signo político opuesto, de base popular, donde cada nueva gestión que llega es el corolario de un ciclo político de desgaste y desencanto generalizado, debido a la incapacidad del gobierno precedente de generar las condiciones sostenibles para el desarrollo. 

Ese péndulo entre un tipo de modelo y otro se refleja en la política exterior. Por un lado, se caracteriza por un acercamiento estrecho en los vínculos con el hemisferio occidental y los organismos de crédito internacionales. Por otro, el autonomismo internacional. Y en medio, otras experiencias que buscaron asociaciones inestables con socios tan diversos como Brasil, Estados Unidos y China, que pasaron de la celebración al desencanto, y de la alineación automática a la indiferencia en tan solo unos pocos lustros. 

Las crisis políticas, económicas y sociales suelen ser fenómenos excepcionales en la historia de los países, pero en Argentina se han convertido en una regularidad. Esto generó un país en estado de “excepcionalidad permanente”. Ahora bien, ¿cuáles son sus causas y sus claves?

La sustitución y la apertura como raíz del problema 

Las fuerzas materiales son un pilar de la estabilidad interna y la proyección del poder del Estado en el sistema internacional. El incremento de ese poder material en sus planos económico, financiero, comercial y tecnológico es una condición necesaria. Por el contrario, su pérdida es una señal de fracaso o debilidad para el Estado. Más aún para un país en estado de excepcionalidad permanente como la Argentina. 

En el periodo mencionado, dos modelos económicos se alternaron con recurrencia generando una espiral contractiva de la base material en términos relativos. 

Por un lado, el modelo de valorización financiera, neoliberal, desregulador y aperturista con preeminencia de reglas y actores del mercado. Se caracteriza por la apertura económica irrestricta, tanto regional como internacional, un Estado mínimo e integración económica asimétrica a la economía mundial mediante el endeudamiento externo y la especialización productiva en commodities minerales, energía y agronegocios. 

El fracaso de este modelo genera, como contrapartida, ciclos económicos que excluyen periódicamente al país de los mercados internacionales y lo condicionan a aplicar un modelo basado exclusivamente en las capacidades endógenas. Como nos muestra la historia, durante estos períodos nuestro país renegocia los altos niveles de endeudamiento previo, devalúa abruptamente la moneda, aplica controles cambiarios y al comercio exterior y busca estimular una incipiente fabricación local de manufacturas con el fin de sustituir los productos importados. 

La sustitución de importaciones, como política pública en Argentina, nació a mediados del siglo XX cuando la imposibilidad de importar maquinaria e insumos de los países avanzados -como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial- animó a los empresarios locales a intentar fabricarlas localmente. Más adelante, estas políticas se fortalecieron durante los años sesenta y setenta del siglo pasado, con las recomendaciones teóricas elaboradas por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, que por entonces presidía el economista argentino Raúl Prebisch. 

La sustitución de las importaciones contempla que para que una economía pueda desarrollarse debe limitar las importaciones de mercancías y reservar el mercado interno para los empresarios locales con el fin de estimular a las empresas nacientes, hasta que estas alcancen un nivel de competitividad internacional suficiente como para integrarse a la economía mundial. 

El problema de este modelo radica esencialmente en que ese desarrollo basado en un excesivo proteccionismo termina siempre siendo contraproducente con el desarrollo. Los motivos son, por un lado, que el Estado no genera los estímulos suficientes para que el sector industrial alcance niveles de competitividad internacional, al mismo tiempo que la producción requiere cada vez más divisas para sostener altos los niveles de actividad económica. En el mediano plazo, esta situación se vuelve insostenible y genera tensiones cambiarias y macroeconómicas que hacen colapsar el modelo. Así, engendra con su fracaso la vuelta de una ortodoxia económica con un plan de ajuste y liberalización con el que se pierden todos los esfuerzos realizados en el período anterior. 

En resumen, el modelo de sustitución de importaciones ha sido en perspectiva histórica tan contraproducente para el desarrollo argentino como las políticas económicas de valorización financiera de los gobiernos liberales¿Cómo salir entonces de estos círculos de políticas contraproducentes para el desarrollo argentino? ¿Cuál debería ser entonces el proyecto económico superador que permita reconstruir la base material de la nación?

La necesidad de un nuevo modelo de desarrollo

El pensamiento económico y teórico basado en los argumentos de una industrialización mediante la sustitución de importaciones es actualmente una estrategia contraproducente para el desarrollo económico en todos los países en vías de desarrollo, excepto en Argentina. 

Este modelo no contempla la importancia que tiene la competitividad económica ni el comercio exterior para mantener un flujo constante de divisas a la economía, ya que esto permite la estabilidad de las condiciones macroeconómicas necesarias para reconstruir la base material. De este modo, el Estado se erige como un muro de contención que busca desacoplar el mercado interno del internacional.  A su vez, grava el comercio exterior con todo tipo de impuestos con el argumento de que eso desalienta las exportaciones primarias e incentiva a los empresarios a invertir para aumentar el valor agregado en la exportación. Así, el Estado no tiene un rol activo o decisivo en la industrialización,  puesto que  aplica impuestos al sector exportador cuando en realidad debería hacer todo lo contrario. 

Reconstruir la capacidad material de la economía como base de un modelo de nación viable requiere de forma imperiosa un Estado activo en el proceso de desarrollo económico, que fomente la competitividad y la inserción internacional como principal fuente generadora de riqueza y estabilidad macroeconómica. Esto no implica para nada una apertura irrestricta, sino un apoyo decisivo del Estado a la inversión productiva y su consecuente actividad exportadora, en un contexto mundial adverso para ganar espacios en el mercado internacional. 

Es imperioso superar los ciclos de sustitución y apertura mediante un modelo económico basado en un Estado activo e inversor en la capacidad industrial y exportadora del país. No puede haber exportaciones sin competitividad y esta tampoco puede existir sin un rol activo del Estado que oriente todos sus esfuerzos en la construcción de una matriz de valor agregado exportable. 

Tradicionalmente nuestro país ha estimulado las exportaciones mediante estrategias reactivas, es decir, con devaluaciones para generar un mayor volumen de exportaciones primarias cuando atraviesa por momentos de escasez de divisas. Mientras que hoy es necesario sentar las bases de una estrategia activa y generar estímulos a las exportaciones mediante las políticas adecuadas (financieras, crediticias, industriales, comerciales) que permitan un flujo constante y creciente de divisas de manera permanente. 

Es necesario entender el mercado mundial como una unidad y asumir de una vez por todas la imposibilidad de los Estados de desacoplarse económica y materialmente, sin pagar caras las consecuencias. Y ser conscientes al mismo tiempo de la posibilidad de generar una inserción internacional virtuosa para las economías

Un modelo de nación es mucho más que un modelo económico, es un modelo de desarrollo integral que permita incluir a todos los sectores, recuperar la convicción de un futuro común y compartido entre todos los actores políticos, sociales y económicos. Implica, en definitiva, reconstruir la identidad nacional, la confianza en las fuerzas y capacidades propias y la proyección de poder hacia el sistema internacional.