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RadioEmpresaria

El futuro soberano de los Estados Unidos

La arquitectura estatal norteamericana, no centralizada y permeada por numerosos grupos de interés, contrasta con la centralización política de China y Rusia, donde el poder de los lobbies es mucho más acotado

Infobae – Ricardo Auer – Desde hace más de una década las decisiones estratégicas del Estado norteamericano han sido muy volubles, cambiantes y hasta contradictorias con sus propios intereses nacionales y tal vez esa característica podría explicar las causas de su declive en el contexto del poder global. Intentar entender algunas de las circunstancias que llevaron a esa situación es el motivo de esta reflexión.

En el debate mundial se habla que las autocracias son más ejecutivas y por lo tanto más eficientes que las democracias para resolver los problemas de la sociedad actual y éste sería un motivo de su declive. Algo así como que el poder de las naciones está condicionado por la “eficiencia” de los poderes ejecutivos.

Otro factor que influye positiva o negativamente en la tarea de gobernar es que actualmente vivimos en un mundo en que las comunicaciones son casi instantáneas; todo se sabe, todo se miente; se distorsionan las imágenes, las voces, la realidad, acelerado ahora por medio de la Inteligencia Artificial, convertido en guerra cognitiva planificada, con un alcance multisectorial y plurinacional. Es bien conocido que a través de las redes sociales se influye internamente en terceros países. Además, están las características propias de cada arquitectura del Estado y la gran cantidad de lobbies de toda índole, que influyen cotidianamente sobre las decisiones de los Poderes Ejecutivos. Cuantos más lobbies, más fácil será operar con las perfeccionadas técnicas de la guerra cognitiva. La suma de todo esto dificulta y hasta traba cualquier forma de gobernar y el libre accionar de las decisiones soberanas.

En el mundo multinodal actual coexisten cuatro superpotencias (EEUU, China, Rusia y Sistema Financiero) y una docena de potencias intermedias (UE, India, Indonesia, Japón, Turquía, Israel, Arabia Saudita, Irán, Pakistán, Vietnam, Sudáfrica, Brasil) que son las que modelan el actual estado de gran incertidumbre global, una situación de poco orden, o de desorden calibrado, porque ninguna de ellas tiene la capacidad, por sí sola, de garantizar un nuevo orden mundial y fijar las normas de convivencia. Comparemos.

China: arquitectura centralizada y piramidal, con enorme planificación profesional. Un solo lobby central, el PCCh.

Rusia: arquitectura centralizada y piramidal. Lobbies: Grupo Putin; la Iglesia Ortodoxa Rusa y, con menor influencia, Grupos económicos y Sistema Militar.

EEUU: arquitectura semi-centralizada, no piramidal: Lobbies: empresas tecnológicas, complejo militar industrial, empresas industriales, empresas farmacéuticas, empresas carboníferas; empresas petroleras; lobbies extranjeros (Israel), Iglesias diversas, Partidocracia bipartidista, cultura tradicionalista conservadora, cultura progresista cosmopolita; otras menores

Sistema financiero concentrado: reducido número de megabancos de inversión (como JPMorgan Chase, Goldman Sachs, o Citigroup) y gigantes de gestión de activos (como BlackRock, Vanguard y Fidelity) controlando el rumbo principal del flujo financiero, actualmente dirigido hacia la ola tecnológica de la IA, pero influyen en todos los países del mundo, incluyendo a las potencias principales.

Es de suponer que todas las superpotencias disponen de objetivos y estrategias nacionales, previamente elaboradas, que deben hacer cumplir por medio del Estado. Claramente se aprecia que las decisiones gubernamentales en EEUU tienen una mayor complejidad, o bien tienen más factores de poder con capacidad para influir en sus decisiones.

Todos los países, independientemente sean democracias, dictaduras, monarquías o teocracias tienen un Estado como forma de organización política, con distintas funciones públicas distribuidas en ámbitos institucionales diferenciados para garantizar cierto nivel de profesionalidad administrativa, pero sin perder el control centralizado del proceso. Poco se debate públicamente sobre la real libertad o soberanía de esos Estados para imponer o implementar sus funciones. En una colonia, existe un Estado, pero es controlado por los agentes colonizadores, nativos o extranjeros. En un Estado democrático desarrollado también existen limitaciones a su real soberanía para imponer sus propias decisiones. Ocurre por acción de lobbies, o más modernamente cuando se entregan áreas de decisión a empresas privadas. El llamado “Deep State” es precisamente eso; una maquinaria cooptada por intereses privados que influyen y muchas veces determinan la toma de decisiones favorables a sus intereses o a veces, contrarias al interés nacional. La composición del “Deep State” va cambiando, pero siempre hay un hilo conductor; el rumbo que toma la ola inversora del capital financiero concentrado. Surge el interrogante si los vaivenes arancelarios de Trump son para favorecer a los grupos afines a su ideología en otros países, para favorecer a grupos empresarios internos, o son presiones que recibe de las tecnológicas cuando en esos otros países quieren controlarlas. No hace falta detallarlos; los diversos casos son fáciles de entender. Un Estado comienza a vaciarse cuando conserva la autoridad formal, pero pierde la capacidad de convertirla en acción soberana propia.

Cuando el Estado decisorio estratégico entrega la arquitectura del Estado a organizaciones no gubernamentales, que reconfiguran la totalidad de la arquitectura estatal entramos en un Estado con soberanía disminuida. Esto es lo que plantean empresas tecnológicas como Palantir, que propone justamente incrementar fuertemente la eficiencia ejecutiva gubernamental, aunque a costa de disminuir su autonomía. Al relato “antiburocrático” se suma el más efectivo relato sobre la “eficiencia” para competir con los estados más autocráticos, argumentando que, con herramientas de la Inteligencia Artificial, el control de las redes y otros análisis de las bases de datos gubernamentales, el Presidente podría tomar mejores, más rápidas y más eficientes medidas de gobierno. Esto ya no es el lobby clásico; esto escala a otro nivel de alta dependencia nacional.

El concepto clásico de complejo militar-industrial describía una relación entre fuerzas armadas, burocracia estatal, poder político y grandes fabricantes. Lo nuevo de las empresas tecnológicas es que incorpora nuevos centros: capital de riesgo, grandes plataformas, inteligencia artificial, infraestructura de nube, redes satelitales, empresas de software y fondos tecnológicos. El capital ya no aparece solamente después del contrato público. Llega antes, financia empresas, selecciona tecnologías, construye capacidades, forma equipos y crea prototipos. Luego el Estado compra, válida y escala.

Estamos entrando en un complejo militar-tecnológico-financiero o, más precisamente, en un sistema donde capital, software y poder soberano comienzan a integrarse dentro de arquitecturas comunes. Este modelo no significa la desaparición del Estado. Por el contrario, el Estado continúa definiendo amenazas, asignando recursos, certificando capacidades y creando demanda. Lo que cambia es la división del trabajo. El poder público conserva la misión, el capital explora posibilidades, la empresa tecnológica construye arquitecturas y el Estado selecciona y escala.

La cuestión decisiva es qué ocurre cuando esa división del trabajo erosiona las capacidades internas necesarias para que el propio Estado conserve autonomía frente a quienes le suministran soluciones. Un contratista clásico vendía objetos: aviones, misiles, radares, vehículos, satélites. La nueva empresa tecnológica aspira a vender algo diferente: un sistema completo dentro del cual los objetos adquieren sentido.Palantir no se limita a proporcionar una herramienta. Busca integrar datos, construir representaciones operativas, organizar flujos de información y participar en procesos de decisión.Anduril no pretende ser simplemente un fabricante de drones. Su modelo integra sensores, autonomía, software, mando, control y plataformas dentro de una arquitectura común.SpaceX no vende únicamente lanzamientos. Controla infraestructura orbital, redes de comunicación, constelaciones y servicios cuya importancia puede volverse rápidamente estratégica.

La diferencia es brutalmente decisiva porque un proveedor tradicional puede ser sustituido, al menos en principio, por otro fabricante, mientras que una arquitectura es mucho más difícil de reemplazar. Alrededor de ella se organizan datos, interfaces, rutinas, entrenamiento, interoperabilidad y decisiones, de modo que cuanto más extensa es la integración, mayor es el costo de salida. Demoler el expertise soberano histórico, propio del Estado y reemplazarlo por una empresa que “organiza” las funciones del Estado es un cambio radical porque, cuando el Estado ya no dispone de su memoria institucional autónoma, debe aceptar crecientemente la representación del mundo que ofrecen sus proveedores.

Este nuevo camino pone en duda el futuro del poder nacional soberano de los EEUU. Enorme diferencia con China y Rusia, donde el poder de los lobbies, si bien existen, están claramente subordinados al poder político central autónomo.

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